La última cena de Yaco


Las empanadas de pollo pueden ser muy peligrosas. Enterate de lo que es capaz una banda con tal de recuperar la inspiración.

Un cuentito de Javi Beramendi leído por Fernando León (@frenanding)


Estábamos terminando de ensayar como tantos otros jueves, sin nada excepcional, cuando entró abruptamente el enano Elfman.

—¡Yaco la palmó!

Dejamos los instrumentos y fuimos al living/barra, y ahí estaba: duro, tieso. Y ustedes, conociendo al viejo Yaco, dirán que sí, que no era raro, que la joda no puede durar para siempre. Rock, pizza, grasa y falopa no son buena combinación, y te pasan factura eventualmente, sobre todo si ya vas por los cincuenta, aunque nadie sabía verdaderamente su edad.

Pero no, se atragantó con un huesito de pollo. Las cosas de la vida. El enano estaba dale que dale en el baño, porque estaba prohibido tomar en la barra. Y nosotros en la sala a ciento veinte decibeles. Nadie lo escuchó pedir auxilio, si es que lo hizo. Tal vez, se resignó de entrada. Tal vez se dijo "hasta acá llegué, fue un buen viaje". Y kaputt.

El punto es que nos quedamos sin sala de ensayo, y tuvimos que salir a buscar. Probamos de todo, y cuando digo de todo, es todo: más de treinta salas. En ninguna encontramos esa magia que tenía lo de Yaco. No podíamos explicarlo. Fuimos a lugares de más categoría: con baños limpios y todo, pero no. No era eso. Faltaba algo.

Después de ese largo trajín, alguno, creo que el cantante, tiró la de hablar con la familia de Yaco. Dijo que podíamos reconstruir la sala en un galpón de San Cristóbal propiedad de su tío. Ustedes dirán que era una idea disparatada. Semejante inversión, pero cuando una banda está desesperada es capaz de cualquier cosa.

Entonces lo hicimos. Hablamos, arreglamos un monto y compramos todo, incluso los paneles aislantes. Flor de mudanza. Eso sí: nos quedó la espalda hecha pelota. Pero cuando vimos la sala reconstruida no lo podíamos creer. Era igual, un calco.

Y ahora no podía fallar. Los mismos equipos, instrumentos, disposición, reverberancia. Físicamente, todo era idéntico. Y nos dispusimos a ensayar, creer o reventar, seguía faltando algo, eso que hacía que las mismas canciones, los mismos equipos, los mismos instrumentos lograran esa amalgama única, esa química que hace que una canción suene espectacular, o no.

—No puede ser —dijo el guitarrista mientras destapaba una IPA.

Otro, tímidamente, propuso que tal vez teníamos que tomarnos un tiempo, que en una de esas el problema éramos nosotros y la muerte de Yaco nos había afectado más de lo que creíamos. Callados, salimos a fumar al patio, porque no se fuma en las salas. Son lugares muy cerrados, con mucho olor a huevo. Después de un rato, es necesario un poco de aire. Y ahí en el patio del tío del cantante, propuse que tendríamos que haber traído los enanos de Yaco, que le ponían onda al patiecito contiguo a la sala.

—Y probemos. A esta altura qué le hace una mancha más al tigre.

***

Nos llevó más de un mes recuperar los enanos. Tuvimos que hacer las mil macanas. La familia los había vendido por Mercadolibre y salimos a recomprarlos. Un bardo. El último lo tenía un ponja en un vivero en Scalabrini y Córdoba. Todo muy muy loco.

Pero bueno, valió la pena, porque lo habíamos conseguido. La magia había vuelto y las canciones salían al hilo, una detrás de otra. Grabamos el disco en pocos días y la pegamos. Miles y miles de reproducciones en Youtube, Spotify y otras plataformas. Así que salimos de gira, con los enanos, obvio. Los poníamos en el escenario y todo bien. Bebe Contepomi estaba fascinado, intentó en más de una oportunidad comprarnos uno. Decía que la falopa le pegaba mejor cerca de ellos. Nosotros le contestamos que no estaban en venta y que si le gustaba el pollo no le convenía.

Todo viento en popa hasta que un plomo medio pelotudo dejó caer un enano mientras descargábamos en Mar del Plata y se rompió en un millón de partes. Hicimos la prueba de sonido con un enano menos y volvimos a sentir ese vacío. Entendimos que para que funcionara tenían que estar todos los enanos. Tratamos de reconstruirlo. Lo llevamos a un especialista, que por cierto resultó ser el mismo ponja del vivero, y nada. No dábamos pie con bola.

Fue entonces que nos llegó la data de que había un enano de crochet que era único, se llamaba Bruno y era capaz de las armonías más increíbles del mundo. Contratamos un detective privado y averiguamos su paradero.

Hicimos logística, sobornamos al portero y nos dispusimos a entrar un domingo al mediodía, porque religiosamente salía a almorzar con la familia. No fue fácil, tampoco difícil, forzar la cerradura. A pasos nomás de la puerta, apoyado en la biblioteca estaba el enano de crochet, cónico, chiquito, minimalista, y supuestamente mágico. El cantante se acercó y lo guardó en la mochila.

Esa noche festejamos, nos empedamos y ensayamos. Con este nuevo enano, la banda sonaba mejor que nunca. Tocamos por horas y horas, hasta que nos entró una lija terrible y pedimos unas empanadas.

—Sí, dos docenas de empanadas fritas… ¿en serio…? Claro, claro, por la hora. A ver, un momento, por favor. —El baterista tapa el auricular y nos comunica que solo quedaban de pollo. Y nos miramos con miedo, pero asentimos:— No hay problema. Mande nomás dos docenas de pollo.

Al principio, medio que nadie quería ser el primero. Nos habíamos hecho los valientes, pero… los pingos se ven en la cancha, y todos dábamos vueltas haciéndonos los pelotudos, aun cuando nos estuviésemos muriendo de hambre. Y las empanadas ahí: calentitas, y el olor…

—Ya sé —propuse—, hagamos piedra, papel o tijera.

Y el cantante, buen perdedor, se mandó el primer bocado. Como no le pasó nada, nos relajamos y empezamos a devorarlas. Estaban riquísimas. Pasaban como seda; encima, fritas: una delicia. Y después de tanto faso y ensayo, venían como anillo al dedo.

Empezamos a hacer chistes, que si había que irse no era tan malo, que era mejor que la última cena de Cristo y todas gansadas de ese estilo. Entre tanta risa, faso y birra, el cantante se atragantó, se puso rojo y empezó a toser. Yo corrí y empecé a pegarle en la espalda, pero no había caso. Al toque, le siguió el baterista, que se agarró el cuello con ambas manos. El guitarrista, siempre más discreto, cayó directamente al piso, sequito quedó.

Traté de usar el celular y llamar al SAME pero sentí una obstrucción en la garganta, y se me llenaron los ojos de lágrimas. Pensé en Yaco, los enanos y kaputt.


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