Los tamagotchis de Marlo Ge


Poemas, fotos, tangos y tinder... Tamagotchis es un berretín de Marlo Ge. Te adelantamos tres poemas recitados por ella misma(@carlimbankis)

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ABORTO DE TAMAGOTCHIS

El último puchito

Desfigurado,
visito el museo del amor
y veo un Tamagotchi conservado
en un frasco de formol.
Me acerco, temerosa
y lo miro de cerca con el hilo de luz
que se cuela entre las cortinas marrones
y pesadas, de esa sala de conservación de retazos
frágiles, guardados en frascos de mermelada
a los que no les queda nada de dulce,
sólo la conserva de los rasgos
que lo desfiguraron de infelicidad.


EL ÚLTIMO PUCHITO

El último puchito

A contraluz,
me encantaba encontrar
la huella
de tu pulgar contra el vidrio.
Abrías la ventana
un pucho tras otro,
y nunca la cerrabas bien.
La promesa del último pucho,
un voto que se renovaba todos los días.
El fantasma del fumador
anclado sobre el lomo
del sillón
abajo, a la derecha, del rastro
de tu mano.
Indeleble
como una mancha de grasa en el tapizado
como un hit de Sandro,
y como tu empeño por dejar de fumar
en mi ventana.


MI PRIMER TAMAGOTCHI

MI PRIMER TAMAGOTCHI

Martín era de Mendoza
pero me deleitó con un Vasco Viejo abierto
después de las dos birras y unos manises
que con baja expectativa
habíamos comprado en el chino.
Alteramos las cervezas con Óleo 31.
Entre risas, que extrañamente lograba comprender,
me contaba que con el Berni flashaban que era popper.
Me subí al tren y me entregué.
Un poquito más de ritmo cardíaco de la mano
de las mágicas gotitas de Just
no me podía hacer mal, al menos a mí.
Martín siguió con el Vasco,
con el faso y con unos cristales.
Cenamos en su departamento prestado,
la cita ya calificaba como buena.
Acalorado, se sentó a fumar en la ventana.
En la cabecera
yo me comía los dos ñoquis de ricota
que él había dejado.
Tenía un hambre.
Cada tanto Martín venía a la mesa
y se secaba una y otra vez la cara
con toallitas húmedas perfumadas
sabor esencia de durazno, marca Farmacity.
Ahí fue cuando miré si tenía batería en el celular,
pensé que tal vez en cualquier momento
iba a tener que llamar al 107.
Se notaba que no le habían caído bien
las sobras de sustancias de su noche anterior con el Berni.
Finalmente nos dormimos.
Amanecí
en la misma posición en la que me había acostado.
El jean a la cintura,
la remera adentro del pantalón,
las hebillas puestas.
Martín respiraba,
habíamos superado con éxito su noche
de excesos.
Desayunamos
una taza de café y otra,
y dos más de té de boldo.
Parecía imposible terminar algo que no había empezado.
No nos vimos más,
pero al tiempo me mandó piezas audiovisuales
filmadas por él.
Juncos, patos volando,
ovejeros alemanes cagando,
sifones de soda desparramando
su efervescencia entre paisajes
de montañas áridas.
Tal vez algún día mande sus videos al BAFICI
y gane algún premio
al mejor cortometraje del año.


Qué grande Marlo, ¿no?


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