Un cuentito de Javi Beramendi leído por Carla Plastani (@carlaplastani)


La Orden del Enano Mesiánico

Volvimos a escuchar otros tres golpes a la puerta. Juan se levantó y fue hasta la mirilla.

—Sabemos que están ahí. ¡Abran rápido! El escuadrón está en camino.

Juan me miró.

—No parecen fachos —dijo—. ¿Abro?

—Y sí. Total, ya estamos jugados.

Tres enanos superestrafalarios entraron a los topetones y, chocándose entre sí, recorrieron el monoambiente de par en par.

—¡¿Dónde está?! ¡¿Dónde está?! —gritaban al unísono.

Uno de ellos corrió poseído hacia Bruno. Lo levantó con las dos manos llevándolo hacia el cielo, muy parecido al bautismo de Simba en El Rey León. Los otros daban brincos en el aire y todos gritaban: “¡Alabado sea! ¡Alabado sea!”.

—¿Alguien me puede explicar qué mierda está pasando? —preguntó Juan dirigiéndose al que parecía ser, a todas luces, el líder, o al menos el más farolero, ya que de su barba colgaban un montón de insignias e imanes de heladera.

Sin responder, el enano se levantó la manga de la camisa izquierda y dejó entrever un tatuaje medio tumbero de un enano de jardín con un aura alrededor. Era una mezcla perfecta de un enano y Cristo después de una dosis durísima de LSD.

—Comandante Pimentón, segundo en la cadena de mando de la Orden del Enano Mesiánico, a sus órdenes. No hay tiempo que perder: tenemos que salir rajando.

Pucha, pensé boquiabierto, primero un frente de liberación y ahora una orden. Estos enanos no se andan con chiquitas.

—Agarren solo lo indispensable. Nos vamos a refugiar en el cuartel general.

Salimos del edificio y corrimos hacia una traffic estacionada a metros del chino amigo. Arrancamos como si se tratase de una carrera de fórmula uno y en cuestión de segundos ya estábamos dando vuelta a la esquina. Mientras nos alejamos, pude escuchar las sirenas del escuadrón a lo lejos.

—¡Nos están siguiendo! —grité.

El enano conductor arremetió un cambio con violencia y pisó a fondo el acelerador. Empezó a zigzaguear a lo pavote. Por un momento, creímos haberlos dejado atrás, pero la persecución acabó cuando dos jeeps militarizados nos cerraron el paso en el cruce de Acevedo y Velasco.

—¡Corran! —gritó Pimentón mientras abría la puerta de atrás con todas sus fuerzas y sacaba una metralleta para disparar contra los agentes—. Salven a Bruno.

Juan y yo nos bajamos como pudimos y empezamos a correr por Acevedo con dirección a Corrientes. Una balacera nos comió los talones.

No llegamos lejos.

Una moto nos interceptó en Vera. Recibí un culatazo en la cabeza y, estando semiinconsciente, pude ver cómo se llevaban a Bruno. Eran dos, pero tenían más pinta de repartidores de Rappi que de agentes del escuadrón.

El comandante Pimentón llegó unos minutos más tarde. Estaba agitado y embadurnado de sangre.

—Se lo llevaron —fue lo único que pude decir.

Pimentón se agarró la cabeza y maldijo a los cuatro vientos.

—¡La enana que los parió! —profirió mientras marcaba un número en el celular—. Mario, la operación “Evacuación enanal” falló. Regreso a base con los dos gigantes.

Juan, que también había recibido un batacazo, se levantó primero y me ayudó a incorporarme. Los tres caminamos hasta Scalabrini y Córdoba.

Entramos en un vivero grande y bajamos una escalera eterna. Un depósito enorme se abrió ante nosotros. Se nos acercó un ponja muy parecido a Miyagi. Agarraba una taza de té con ambas manos.

—Bienvenidos. Mi nombre es Mario...

Como vio que yo lo iba a interrumpir, levantó la mano en el aire y me frenó en seco.

—Deben de tener muchas preguntas, pero déjenme hablar primero. Les decía, me llamo Mario y por mi parecido a Miyagi, muchos me llaman “Mario Miyagi”, pero ustedes pueden llamarme Mario a secas, si prefieren. Como habrán adivinado, me dedico a las plantas y a los jardines, pero confieso que mi verdadera pasión son los enanos de jardín.

Aprovechó una breve pausa dramática para tomar unos sorbos de té.

—Permítanme contarles una historia. Cuando tenía unos treinta años, empecé a fabricar enanos de jardín. Tanto me obsesioné con ellos que me convertí en un referente en la materia. Llegué a exponer en el Salón de Enanos de Bologna y tuve una cátedra sobre Estudios Nórdicos aplicados a Gnomos en Harvard. Mi ego me nubló el juicio. Me dije que era capaz de fabricar un enano perfecto. Estuve encerrado un año, un año entero haciendo y rehaciendo cada milésima de su forma. Lo llamé Adán, y la crítica especializada no paró de alabar la perfección de mi enano. Me invitaron a miles de congresos científicos sobre jardines y gnomos…

De improviso, Mario se largó a llorar.

—¿Y a este qué bicho lo picó? —pregunté.

El comandante Pimentón tomó la posta.

—Se lo robaron en un viaje al Japón, y Mario entró en una depresión total. Gastó una fortuna en detectives para dar con el paradero del enano, pero todo fue en vano. No pudo volver a fabricar enanos. Y ahora con el quilombo que armó este Alfredo saltó la ficha.

—No entiendo —dijo Juan.

—Vengan —dijo Pimentón mientras prendía una tele vieja y colocaba un VHS con una entrevista al casero Alfredo en su casa, donde había sucedido el hurto del enano.

—Pero esto ya lo vimos. Este es el gordo facho que armó el lío.

—Sí, sí, pero miren bien —y deteniendo la reproducción, señaló la biblioteca que aparecía de fondo.

Y lo vi. Era un enano de jardín hermoso.

—¿Ese es Adán?

—Bingo —dijo Pimentón.

Con un pañuelo llenísimo de mocos, Mario Miyagi me agarró del hombro.

—Yo pensaba que Alfredo era un colega. Que los dos competíamos sanamente en las exposiciones de jardín. Ustedes no se imaginan lo traicionado que me sentí. Cuando desapareció Adán en Japón, jamás sospeché de Alfredo, que era parte de la comitiva e iba a cantar Shima Uta durante la apertura del mundial Corea-Japón.

Los tres enanos jardineros de Mario movían la cabeza sumamente apenados.

—El hijo de puta de Alfredo está loco. Odia a los enanos de crochet por ser híbridos entre dos mundos, el exterior y el interior: la casa y el jardín. En estos tiempos de monoambientes, sabe que los enanos de crochet tienen más futuro que los de jardín. Y por eso empezó una purga sin precedentes. Cuando su medio hermano se enteró de lo que tramaba, armó un frente para rescatar a los pocos enanos de crochet que no habían sido destruidos.

—¿Nelson?

—Exactamente.

—¿Y la ministra de Seguridad?

—Al gobierno le sirve este quilombo y por eso se sumó. Podrían haber sido los derechos de los tamagotchis. Le da lo mismo. Lo importante es tapar otros líos.

—No veo cuál es la relación entre Adán y Bruno —pregunté.

—Yo tampoco, pero alguna tiene que haber y todo nos lleva a Alfredo y su frustración como artista.

Mario nos contó que el gordo había tenido un momento de fama a comienzo de los dos mil.

—Miren este videoclip —dijo al darle play a una canción que hablaba sobre lo mucho que le gustaba comer pizza.

—Pizza conmigo… —dijo Juan en tono reflexivo—. Eso decía la caja de los motoqueros... ¡Y este que aparece acá es uno de los tipos!

Pude ver un destello de odio en los ojos de Miyagi.

—Tenemos que rescatarlo —propuse.

—¿Algún plan? —preguntó Juan.

—Sí —respondió Mario Miyagi—, pero primero pidamos unas empanadas y descorchemos unos vinos. No se puede acabar con una célula maligna con el estómago vacío.

Uno de los miembros de la orden repartió copas, y todos brindamos.

—Por Bruno, Adán y la Orden del Enano Mesiánico.

***

—Licencia y documentos, por favor.

Estábamos en un control de Chubut, cerca de la costa patagónica. Habíamos manejado sin parar por horas. Se notaba que el oficial estaba aburrido y nos había parado para que la guardia no se le hiciera tan larga. Mario Miyagi entregó lo solicitado y el oficial, luego de mirar rápidamente que los datos coincidieran, devolvió los papeles.

Cuando Mario Miyagi estaba a punto de arrancar, el oficial preguntó por el propósito de nuestro viaje.

Aplicando el speech que habíamos preparado, Mario Miyagi intentó sonar casual:

—Somos una compañía humorística. Estamos recorriendo el país con un espectáculo nuevo.

—Sabe, con mi señora queríamos hacer una salidita por nuestro aniversario. Dígame, ¿el suyo es teatro de revistas, como el de Moria en la calle Corrientes?

—No precisamente —titubeó Mario Miyagi y nos miró en busca de ayuda.

Juan salió al rescate.

—Se trata sobre una convención de Supermanes del Mercosur que cantan barbershop, como los Borbotones en Los Simpsons. Él —y señaló a uno de los miembros de la orden— hace de Superman uruguayo. Está toda la obra con termo en mano. Este otro —y me señaló— es el Superman paraguayo, y se la pasa comiendo chipá.

El oficial golpeó el techo de la traffic.

—Bueno, no los entretengo más. Vayan nomás.

Cuarenta minutos después, ya estábamos estacionando en la reja del caserón. Uno de los enanos, el más informático, se encargó de los sistemas de seguridad computarizados infiltrándose en la red. Desactivó las alarmas y abrió remotamente las puertas. Una vez adentro, nos encontramos con una jauría que nos recibía con muy poca predisposición al diálogo. Mario Miyagi, astuto y preparado, entregó carne con sedantes.

A punto de entrar en el caserón, la patota de Alfredo nos recibió a los cohetazos. Eran los mismos del videoclip pero bastante más hechos pija por el paso del tiempo. Pude reconocer al hijo de puta que me dio el culatazo.

—Nosotros nos encargamos —gritó Mario Miyagi—. Entren y rescaten a los enanos.

Juan y yo, que no estábamos hechos para el combate no nos hicimos los héroes. Nos escabullimos como pudimos y dando vuelta al jardín encontramos una ventana semiabierta que nos permitió entrar en el caserón.

Caímos en el living, y al encender un velador, nos topamos con un verdadero museo kitsch: mamushkas, bebés de porcelana, payasos, lobos marinos que cambian de color con la humedad, gatos de la suerte, texturas y estampados sumamente eclécticos. Elementos retro, elementos berreta. De mal gusto, de buen gusto. Todo combinado, todo ensimismado. Pero no había rastros de Adán ni de Bruno.

Fuimos con sigilo revisando cada planta hasta subir por una pequeña escalera al ático y, antes de que hubiéramos puesto un pie, escuchamos la voz de Alfredo:

—Los estábamos esperando, ¡ja!, ¡ja!, ¡ja!

Adán y Bruno descansaban en un altar medio tumbero, onda Gauchito Gil, rodeados de velas y todo un instrumental de luces de colores que parecía mover ondas eléctricas, no muy lejos de un afiche tamaño real de Jon Bon Jovi.

El casero Alfredo sacó una katana vaya uno a saber de dónde y empezó a hacer movimientos ninjas. Juan, ni lento ni perezoso, agarró una botella de vino de una cava que estaba a mano y se la arrojó. Alfredo cortó la botella en el aire y el vino se desparramó por todas partes.

El gordo envalentonado largó una risa diabólica y como un walking dead se nos fue acercando.

—¿Y ahora? —pregunté.

—Ni idea.

Escuchamos la voz de Mario Miyagi a nuestras espaldas:

—Diecisiete años esperé este momento —dijo mientras rodeaba en círculos a Alfredo, bajando el centro de gravedad, listo para dar el primer golpe.

—Finalmente, nos volvemos a ver, Mario —dijo Alfredo en tono grave.

Mario Miyagi sacó su katana (todos los ponjas llevan espadas consigo), y ambos se colocaron en pose de duelo. Parecían dos tortugas ninjas: espada va, espada viene.

Juan y yo aprovechamos la distracción para hacernos de los enanos.

—¡No toqués nada! —gritó Juan—. Parece electrificado.

Y probó arrojando un peluche Furby al altar.

El Furby se prendió fuego en segundos y salió volando. Buscamos por todas partes algún interruptor, pero no había nada que pareciera desactivar el campo protector.

—¡Solo yo puedo apagarlo! —soltó Alfredo entre risas, a la vez que sacaba un llavero con control remoto.

Nada parecía parar al gordo, y Miyagi, se notaba, no iba a poder aguantar mucho más. Teníamos que hacer algo y, sin poder explicar por qué, empecé a cantar Shima Uta, y el gordo Alfredo entró a convulsionar. Juan se sumó y el gordo se puso bordó. Cayó al piso y largó una catarata de lágrimas. Miyagi aprovechó para desarmarlo y entró a cagarlo a patadas. El gordo se revolvía como una licuadora descompuesta.

—Gordo bola caca —dijo a la quinta patada dirigida a la panza.

Me acerqué con la intención de arrebatarle el control, pensando que ya estaba inconsciente, pero agarró mi mano con todas sus fuerzas.

—Si los enanos no son míos, no serán de nadie.

Apretó el botón rojo del control y escuchamos distintas detonaciones. Los cimientos de la casa cedieron y todo empezó a desmoronarse. En ese momento, cuando todo estaba perdido, solo atiné a ir en busca de Bruno. Miyagi hizo lo mismo con Adán.

 

Y ahora lo inexplicable: mientras se venía abajo la casa y el polvo empezaba a ahogarnos, los enanos generaron una bola energética magenta a nuestro alrededor. Un torbellino se armó y los objetos del ático flotaron. El calor era intenso. Apenas podía mantener los ojos abiertos. No fueron más que unos segundos y el recuerdo es confuso. Solo sé que desperté tirado sobre el pasto del jardín, no lejos de Mario Miyagi, Juan, Adán y Bruno.


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