Un cuentito de Javi Beramendi leído por Carla Plastani (@carlaplastani)


El Frente de Liberación

Mate, baño, diario, cama.

Eso fue todo lo que pensé cuando desperté. Por suerte, lo tenía cronometrado hasta la perfección. Primero, aun cuando me estuviera remeando, ponía el agua para el mate. Eso me daba tiempo suficiente para pasar por el baño —imposible dilatarlo más—, volver a la cocina, buscar la yerba, preparar el porongo y recoger el diario. Recién entonces, apagaba la pava, llenaba el termo, cebaba el primer mate y volvía a la cama.

Así empezaban mis domingos.

Y me encantaba que fuera así, exactamente así.

Pero la vida no siempre es nacarada y nos clava el puñal donde más nos duele. En mi caso, el ritual matinal. Abrí la puerta y encontré un paquete cónico de unos treinta centímetros sobre el diario.

Y lo supe de inmediato.Ese paquete de mierda era una prueba irrefutable de que no volvería a la cama tan rápido.

Seguro la vieja de al lado o la pareja de profesores de educación física de enfrente habían encargado algo y no era la primera vez que el portero se confundía. Pienso que lo hace a propósito. Quiere generar chismes, diálogo, sociabilidad.

Pero no le voy a dar el gusto.

No voy a abrir el paquete.

Confieso que me dan ganas.

Mirá si es un consolador gigante.

Pensándolo bien, mejor no lo abro. Ya me veo tocando el timbre con el “coso” en mano.

No da. Tampoco da ir en calzones, así que cerré la puerta y fui a ponerme unos lompas.

Volví, lo levanté y encontré una tarjeta escrita a mano alzada. Era larga y no tenía los anteojos puestos, pero más que nada me daba mucha mucha fiaca ponerme a leer ahí en el palier.

Así que hice lo que cualquier hijo de vecino: fui a dejarlo en la puerta de la vieja de al lado —porque seguro era una gilada de Sprayette—, pero sin saber bien de dónde, en el último segundo, me invadió una duda enorme.

Tamaño baño.

Y es raro, porque no soy de meterme en los asuntos de otros. Cada quien hace de su culo lo que quiere. Pero lo cierto es que ahí estaba yo con el paquete en mano, dudando en medio del palier.

Y la curiosidad ganó.

***

Estimado Pedro Javier Beramendi:

Nos complace informarle que ha sido elegido para ayudar al enano Bruno a sacar un álbum musical de su autoría. Él sueña con ser una estrella de rock, y como estamos al tanto de su afinidad para con los enanos y la música, creemos que usted es la persona indicada para la tarea. El enano Bruno ha sido rescatado por el Frente de Liberación de Enanos de Crochet hace tan solo unos días. Téngale paciencia: sufrió muchos años de cautiverio en la casa del casero Alfredo, un tipo medio facho que se excitaba torturando al pobre enano. Lo culpaba de su falta de talento y lo obligaba a presenciar sus números “humorísticos”.

Observaciones generales:

Los enanos trabajan de noche, se embriagan con facilidad y son grandes compositores musicales.

Aprenda a comunicarse con él y ayúdelo a superar los años de cautiverio llevándolo a pasear al menos una vez por semana. Porque, aun cuando los enanos de crochet son mucho más domésticos que los de jardín, adoran la playa, el flan y los happy hours de cervecerías chetas.

Hasta la liberación, siempre. Atentamente.

Nelson
Comandante del Frente
de Liberación de Enanos de Crochet

***

Terminé de leer y me dije que era una broma.

O sea, una broma muy rara, pero broma al fin. El problema era que no me imaginaba a ninguno de mis amigos haciendo algo tan sofisticado.

Ellos son más de mandar fotos con el negro superdotado de Whatsapp o videos con gritos orgásmicos, onda esos que abrís en el subte y quedás como un pervertido marca ACME.

Sin dar más vueltas, rompí el envoltorio y apareció un pequeño, blandito y liviano muñeco de crochet.

Sin ojos, sin boca y sin extremidades, no veía cómo este enano iba a poder hacer música. Es cierto que Beethoven compuso su novena sinfonía sordo. También sabemos de grandes cantantes y pianistas ciegos, como Stevie Wonder. Y ni hablar de músicos sin extremidades, como Rick Allen, baterista manco de Def Leppard, o paralíticos, como el cantante-guitarrista de Os Paralamas do Sucesso. Pero la combinación de Bruno me parecía fatal. Solo le quedaba la nariz para hacer música.

Al cabo de un par de minutos, sin saber qué más hacer con el enano, lo apoyé en la biblioteca del living y me fui a la cama con el diario.

Por fin.

Un muñeco de crochet no arruinaría con tanta facilidad mi ritual dominical.

***

Por la tarde, tuve el primer indicio de que el asunto no había acabado. Estaba lo más pancho en el sillón tocando el ukelele cuando mis dedos... a ver: cómo lo explico sin que piensen que estoy loco.

La sensación que tuve fue como si mis manos se retobaran y decidieran actuar independientemente de mí. Como si pertenecieran a otro. Digo, o sea, eran mis dedos, pero no estaban tocando lo que yo les indicaba, sino que digitaban por su cuenta.

Cuando tomé conciencia de lo que estaba pasando, pegué un salto digno de un gimnasta epiléptico y tiré el ukelele a la mierda, como si fuese una cucaracha o algo así. Bien cagón.

Agité ambas manos por unos diez segundos y recién entonces comprobé que volvían a la normalidad.

Fui hasta la cocina. Recordaba que había una lata de Imperial IPA Doble Lúpulo, y la situación lo ameritaba.

Me serví una copita —dato: ¿vieron que ahora la cerveza se toma en copa?—. Empiné unos tragos, y, un poco más tranquilo, llamé a Juan el Gris. Digo llamar, pero en realidad fueron una serie de mensajes de voz vía Whatsapp. Le conté —como pude— los eventos del día y quedamos en que fuera a su casa.

Al levantar la lata para servirme el resto —porque nunca se deja una lata a medio tomar—, noté que estaba vacía.

¿Cuándo me había vuelto a servir?

No lo recordaba.

Metí al enano en la mochila, inflé la bici y salí para lo del Gris. Llegué en un periquete, y Juan, que ya se había puesto a googlear sobre enanos, me contó que eran criaturas muy particulares: trabajadores de minas, sabios, forjadores de las más asombrosas armas, y grandes músicos.

En relación con el frente, mencionó una peli francesa: Amélie, en la que sacan fotos de un enano en distintas ciudades del mundo. Aparentemente, por lo que había leído, esa parte hacía eco de un caso real. En 1996, el Frente de Liberación de Enanos de Jardín de Holanda rescató al tío Roel de las garras de una familia que lo mantenía confinado al jardín, sin la más mínima consideración. Tras su sustracción, el frente llevó al tío Roel por el mundo para compensar tantos años de maltrato, y desde cada ciudad mandaban fotos a la familia del enano.

Wow y más wow...

***

Cuando Juan se levantó para pedir unas empanadas, aproveché para ir al baño. Volví y encontré mi copa vacía.

—Te tomaste mi copa, salame.

—No, esta es la mía —dijo y señaló la que tenía en mano.

Entonces recordé la extraña situación con la cerveza. Como si me hubiese leído la mente, él volvió a servir minuciosamente la copa y, sin desviar la mirada de la mesa, gritó:

—¡Está bajando!

Y así era.

El vino desaparecía por arte de magia.

—Bancame —dijo mientras se ponía a hurgar dentro de un armario.

Sacó, unos segundos más tarde, una pizarra gigante.

Armó un sistema de equivalencias entre las notas del piano y las letras del abecedario. Algo así como un cifrado americano, pero con muchas más letras. Si el enano era capaz de escabiar y tocar instrumentos, no era tan descabellada la posibilidad de establecer algún tipo de lenguaje.

Arrancamos por algo básico para testear el sistema. Le preguntamos su nombre, y las teclas empezaron a sonar. La respuesta fue, efectivamente, BRUNO. Luego, le pregunté si él se había tomado la cerveza y el vino. Y sí, pero inmediatamente agregó que no iba a tomar más, que ya estaba medio jarabe.

Esa noche nos contó cosas increíbles sobre la historia de la música. Nirvana no habría sido Nirvana si no hubiese sido por el enano Polly, que fue el responsable no solo de Nervermind, sino de In Utero también. Todo iba viento en popa para Kurt hasta que el Frente de Liberación de Enanos de Estados Unidos entró en su casa y se llevó a Polly.

Ahí fue cuando comprendió que por su cuenta no podía componer una goma y se mató.

Más atrás en el tiempo, cuenta la tradición enana que detrás de Bach, Chopin y Dvořák se escondía una de las familias enanas más grandes en composición musical: el clan Proff. Todos prodigios, todos enanos. Más cerca de nuestros días, debemos a los enanos grandes melodías de Britney Spears, Vengaboys y Pocho la Pantera.

Incluso sospechaba Bruno que “Despacito” se parecía mucho a una canción de cuna de su infancia.

Admitió que no era su mejor momento, que la cosa estaba jodida y los enanos se estaban prostituyendo, musicalmente hablando. Por eso mismo, él quería hacer un disco sin restricciones, en el que pudiera plasmar la esencia de los enanos en general y la suya en particular. Era hora de acabar con la tiranía de los seres humanos.

Anonadados por tantas revelaciones y borrachos por tanto más vino, decidimos ponerle fin a la sesión enano-espiritista.

***

Al día siguiente, mientras me tomaba una taza gigantesca de café para paliar la resaca, entré como de costumbre a varios diarios en línea. Mi cerebro iba a dos por hora, y tampoco encontraba nada que me llamara la atención hasta que en la parte de chimentos apareció un gordo Alfredo que denunciaba el robo de un enano de crochet de su casa. Entré en la nota, y leí con lujo de detalles lo indignado que estaba el tipo porque la policía de su ciudad no había querido tomarle la denuncia. Que policías eran los de antes, que esto con los milicos no pasaba, y un millón de boludeces de ese estilo. Pero lo más alarmante fue la repercusión del hashtag #RoboDeEnanos, porque en cuestión de horas se había llenado de denuncias, tanto que la ministra de Seguridad de la Nación, de cuya casa se habían robado cinco enanos, anunció la creación de un escuadrón especial multidisciplinario para aniquilar al Frente de Liberación de Enanos de Crochet.

La cosa no terminaba ahí. Seguí navegando y vi que ciertos sectores pedían un Estado de Sitio, y medidas drásticas para acabar con los terroristas que socavaban las bases de la república y los pilares del capitalismo. Opinólogos de segunda se sumaron a la ola e hicieron analogías con Sendero-Luminoso y las FARC. El doctor Cormillot aclaró que sus enanos estaban asegurados y que tenían LoJack, precisamente para evitar estas tragedias. Del mismo modo, surgió un fuerte apoyo al frente de liberación. Veganos, punks, hippies, colectivos de actores, estudiantes de Filosofía y Letras, y Malena Pichot salieron a bancar la actividad de Nelson y su séquito.

Se había armado una nueva grieta en la población. Hijos y padres enfrentados, novios distanciados, amigos ya no tan amigos. Todos y cada uno tenían una opinión y así se pudo constatar en Facebook, Instagram y Whatsapp. Los que estaban a favor del frente de liberación empezaron a usar pañuelos bordó; los del otro bando, en cambio, pavoneaban uno albiceleste: bien argento, bien patrio.

***

Después del trabajo, encaré para el tren con la idea de ir directo a lo del Gris, pero en al andén había una requisa de documentos. Con Bruno en la mochila no podía hacerme el loco. Di media vuelta y, por suerte, me encontré con un compañero de trabajo que iba en auto hacia Almagro para visitar a sus tías, preocupadas por los enanos de su jardín. Le agradecí el aventón y durante todo el trayecto traté de no charlar sobre el asunto, pero fue imposible.

—¿Viste lo de los enanos? —me preguntó.

—No, ¿qué cosa?

—¡Parece que volvió el terrorismo! Hay un grupo armado que anda robando enanos y pidiendo rescate. Mis tías están muy angustiadas.

No sabía qué decir y dije cualquier cosa.

—¿Tendrá que ver con el calentamiento global?

Me miró con cara de “este pibe es estúpido o se hace” y, cuando nos despedimos, me preguntó a qué se dedicaba mi amigo. Sospechaba que podía ser, y cito sus palabras, uno de esos subversivos.

—Tranquilo, Adolfo, no pasa naranja.

***

Toqué timbre y Juan bajó apresurado. Al abrir miró para ambos lados.

—Pasá, pasá rápido —me dijo.

—¿Viste el quilombo que armó Bruno? —comenté mientras entraba.

—Bajá la voz, pueden estar escuchando.

Me disculpé y subimos sin hablarnos.

Ya en el departamento, me hizo nuevamente el gesto de silencio. Cerró las ventanas, bajó la persiana y puso música para que no se oyera. Recién entonces…

—Disculpame, boludo, pero con todo lo que anduvo pasando. Hay que ser precavido. Lo agarraron a Nelson, lo vi en una plaqueta de Crónica.

—¿Qué decía?

—“Cayó la banda de los enanos”.

—¿Tan rápido? pero si empezó hoy.

—Sí claro, pero sirve para tapar lo de la reforma laboral.

Tres tubos de vino y ocho empanadas después, habíamos establecido los primeros temas del disco. En realidad, Bruno tenía todo bastante cocinado. Durante su último año de cautiverio, había compuesto varias canciones. Con el piano, nos fue pasando las melodías principales, a las que Juan y yo le sugeríamos bases de batería y bajo. Grabado eso, pasábamos a las guitarras. Por último, agregábamos algún arreglo vocal o percusivo.

El Gris garabateó un arte de tapa minimalista y a eso de las nueve de la mañana, ya se estaba subiendo.

—¿Creés que puede funcionar? ¿Que apreciando su sensibilidad musical, las personas comprenderán que los enanos de crochet merecen mayor respeto y consideración, además de derecho moral y regalías por sus obras?

Miré la pantalla: 99 % de carga.

Suspiré.

Lo habíamos logrado.

Entonces escuchamos tres golpes a la puerta.


Continuará...


¿Te gustó el cuento? Leé la segunda parte y enterate de lo que es capaz el malvado casero Alfredo. ¿Además de un Frente de Liberación de Enanos de Crochet, existe una Orden del Enano Mesiánico? ¿No será un poco mucho?

Leer la Orden del Enano Mesiánico

Un cuento de inspiración divina leído por Carla Plastani (@carlaplastani)



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