Demanda


En la cama nos espera Pepe, quiere hablarnos al oído. De fondo, suena Pablo Renom en batería (@renompablo) y los enanos acompañan. ¿Estás listo para un lechazo de franqueza?

Un cuento de Pepe Scassiera (@leyendoconpepe) leído por el Pepe


Hablemos sobre la puntualidad, el decoro, y las buenas costumbres. Intercambiemos experiencias, anécdotas vergonzosas y digamos “yo pienso que…” sobre un montón de cosas en las que jamás habíamos pensado. Discutamos sobre historia y el último meme de política. Contémonos nuestros sueños y proyectos, y dónde nos gustaría estar dentro de diez años. Recordemos el hogar, la familia reunida, todos esos dolores. Opinemos sobre las frituras y cuál es la mejor comida de olla. Perdamos el tiempo acá en la cama, que total no hay ningún apuro.

Contame qué era lo mejor que hacía tu vieja, si comían todos juntos, y si alguna vez viviste con tus abuelos. Decime todo sobre sus creencias o sobre la vez que peor se pelearon. Hablame de los rosarios que tenían, sobre si rezaban antes de comer, o si tenés algún tío montonero perdido por ahí. Explicame todo sobre tu genealogía, sobre sus secretos, sobre esos desgarros. Dale, bombón, esta vez no te apurés en salir, que lo venimos pateando hace semanas. Acurruacate un poquito, que no muerdo. Pasame los dedos por la espalda, si, así, que me re gusta. Hagámonos unos mimos más, que todavía tenemos miles de cosas que decirnos.

No te pongás a imaginar sobre compromisos y miedos. No vueltees y desaparezcas como parece que está de moda. No me vengas con que necesitás aire, con que te ahogo, que yo la asfixia la uso sólo en la cama. No hagás una historieta acá, donde lo único que hay son dos tipos en calzones y medio porro.

Yo empecé a fumar con el pibe con el que garchaba cuando era pendejo. Me pasaba tardes enteras en su casa, era vecino mío. Nos encantaba acariciarnos después de fumar. ¿Y vos? ¿a qué edad te fumaste tu primera tuca? Picanteame con detalles sobre las que te mandaste de chico, si tu vieja lloró por no ser “una buena familia”, si te escondías con algún primito para explorarse un poco entre los dos. Calentame con detalles de más grande, sobre cuándo cogiste por primera vez y si siempre supiste que te la comías.

¿Por qué tendrías que tener tanto miedo? ¿No viste lo bien que venimos garchando? La primera vez ¿No te calentó llegar y ni conocerme? A mí, abrirte la puerta y ver que eras como en las fotos me enloqueció. Mientras bajaba por el ascensor sentí ese temblor, esos nervios fascinantes, como cuando de chico se ve una peli de terror entre amigos. Es algo que me gusta, me llena de euforia y ganas de concretar. ¡Y qué manera de concretar, che! Todo lo que imaginé a lo largo de las semanas que me cagué a pajas con las fotos que me mandabas se cumplió ¿No sentís vos también que hace tiempo que no te entendés tan bien con alguien? ¿No pensás que es genial que no nos apuremos en acordar quién se la va a poner a quién? ¿No creés que cada vez que nos vemos, quedamos de diez el uno con el otro? ¿No te pasa a vos también, que esto te está volando la cabeza?

Vení que te lleno de besitos la piel, dos en cada cachete y uno en la nariz. No te apurés en limpiarte la leche fría, queda muy linda así, pegoteada en los pelos de tu panza, ¿Viste que por su ángulo se ve la voracidad con la que salió al mundo, la urgencia que tenía todo tu cuerpo por expulsarla? ¡Qué lechazos que pegaste, hermoso! ¡Cómo te retorciste en mis brazos, gritándome que no parara, que “más, más, más”! ¡Cómo se te marcaron las venas de la sien, cómo se te enrojeció la piel y se te contrajo el orto mientras me dabas todo ese jugo atolondrado!

Por eso me parece una macana, como diría mi Tía Chavela, que después de todo esto te vayas y, hasta la próxima vez, vuelvas a ser una figurita que vive en mi celular. Una persona hecha de bits organizados que forman fotos sobre tus gustos y tus éxitos turísticos. Ojo, está divino cómo lo contás, si así fue cómo caí y te pedí que vinieras. Pero qué se yo, quizás me puedas contar todo eso con palabras, acá en la cama, los dos en pelotas y enlechados. Bueno, dale, acá tenés la toalla, si te querés duchar. Quedabas tan lindo, pero está bien, me fumo un pucho mientras te espero, ¿dale? Por ahí ya bañados podemos repetir las charlas de la previa, pero ya sin el apuro, y con la confidencia de quienes se vieron acabar. Así, cualquier tema es lindo de escuchar: si abusas de las harinas, si sos carnívoro, o si estás re en esa de la alimentación consciente.

Sí, ahí está tu calzón, claro, lo tiramos en la calentura. ¿Viste lo sacados que estábamos, que los lompas quedaron por allá, y la remera abajo de la cama? ¡Estábamos hechos un fuego! Ah… ¿ya te vestís? ¿No tenés ganas de repetir el polvo, o de que charlemos de cómo estuvo? O sino, mientras vamos al ascensor te podés mandar la parte con que siempre te cocinás, o me podés explicar alguna receta. Si no estás tan apurado, en lugar de despedirte podemos ir a comprar lo que haga falta al chino, así cocinás acá mientras hablamos de giladas. Dale, che, sacate ese apuro por llegar a la puerta, esa mueca silenciosa que ya no sabe qué decir, y que de golpe me llena de bronca.

—Ya sé que está todo carísimo, pero quedarte un rato más no cuesta nada.

Me mirás y sonreís:

—¿Querés que me quede?

—Sí.

—¿Y entonces para qué me bajaste a abrir?

Cuatro horas más tarde, estamos durmiendo juntos por primera vez.


Yo quiero una, ¿y vos?


¿Querés leer/escuchar uno más corto todavía? Dos amigos, dos historias. Una noche, una muerte.

Leer El pasaje

Un experimento enigmático leído por Lourdes Pingeon (@louredss)



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