Viva el cáncer


Pepe metió tecnología y levantó por grindr. ¿Te intriga saber si es solo un polvazo? En este cuento, Rubén hace de confidente y, junto a él, compartimos inseguridades, miedos y deseos. A pedido del público, otro cuento de Pepe Scasserra (@leyendoconpepe) leído por él mismo.


Igual hoy quería contarte otra cosa. ¿Viste? Puedo hablar de algo que no sea de mis viejos. Me tiene loco un pibe. Estoy hecho un gil, Rubén. Lo conocí por grindr, aunque no me creas. Me compré con el aguinaldo un teléfono de esos nuevos con pantalla táctil y me bajé la aplicación para coger. Claro, es como Tinder, pero un toque más violento. Todo se va a la garcha más rápido. Literalmente. Foto de pija con el saludo, muy expeditivo. Estaba chocho, imagínate, con lo que me cuesta conocer pibes. Yo pensaba que éramos pocos, o que vivían todos en los boliches, que no existían en la vida real. Y de golpe ¡pum! abro la aplicación y resulta que el barrio está lleno de putos. Varios de acá, del edificio. A uno lo tenía visto del supermercado. Obvio, otros no ponen foto, meten el torso nomás. Esos son un embole. “Bi curioso”, “tapado de trampa”. Como vos. No te enculés, escuchá: me empieza a hablar un cordobés hermoso que se mudó acá hace unos meses. Un gordito todo peludo, cachetitos redondos, carita de bueno. Mirá, te muestro la foto. Banca que el chat lo tengo lleno de fotos en pelotas. No, no voy a mostrarte su orto, no seas tan paki boludo. Mirá, esta. O acá. Viajado el cordobés, se la pasa yendo a Brasil. Yo me hice el que conocía para no quedar medio burra. Cuestión que arranca la charla con esta foto. Chau, me morí muerta ahí nomás.

Empezamos a hablar, la mejor onda, nos pasamos fotos, nos cachondeamos un toque. Yo al palo y pensando en él todo el tiempo. Las pajas que le dediqué. Conversábamos todos los días. En el banco hacía que iba a cagar y me sentaba en el inodoro a mirar sus fotos. Cada tanto me ponía a repasar todos los archivos de nuestro chat, o releía toda la charla. Un bombón. Obvio le dije que soy asesor de ventas, una cosa así. Me daba pudor contarle que estoy en el mostrador atendiendo gente todo el día.

A los días le digo que venga ese finde, y me dice que no puede. Ahí pensé que me había pegado el viaje de mi vida. Como con vos cuando éramos más pendejos. Si, ya sé. Siempre fuiste claro, un guacho, me hablabas de las minitas que te gustaban después de que te tiraba la goma, claro que me acuerdo. Agua abajo del puente querido, ya te superé. Vos a mí se ve que no, eh, que seguís viniendo a hacerte chupar la pija. Siempre bienvenido en estas cuatro paredes. Pero bancá, escuchá: me alejo un toque, le dejo de escribir tan manija, y al otro finde, me cae un mensaje. “¿Nos vemos?”. Me hice el difícil. Cinco minutos me duró. Cuando llegó le bajé a abrir re nervioso. Estaba tan bueno como en las fotos. Pasa al ascensor y me lo entro a chapar. No dijimos mucho. Nos fuimos a la cama directo. No te puedo explicar cómo garchamos, una cosa hermosa. Tres polvos en una noche.

Javier se llama, pongámosle nombre. Es diseñador. Estudió en la nacional de córdoba y después se vino para acá. Nada, al día siguiente a los mensajes, ya viendo cuándo metíamos segundo encuentro. El pibe es prudente: bancó hasta el otro finde. Esa vez salimos a tomar algo. Lo que me cagué de risa, Rubén. Viste que los cordobeses tienen esa picardía, como dice tu mamá. Esa es otra que se debe haber hecho culear por cordobeses de lo lindo. Claro, porque tu vieja nunca cogió, vos saliste de un repollo. Pobre Chavela, el hijo bruto que le tocó. Es una machiruleada lo que estás diciendo. A vos no te contará esas cosas porque sos su hijo.

Dale, sigo contándote, si sabés que a mí hablar de mí mismo no me cuesta. El pibe un divino, pasamos tres semanas re manijas, viéndonos todos los findes, a veces en medio de la semana también. Ahí a mí me empezó a picar el bichito. Y el culeado (dice “culeado” todo el tiempo, me lo pegó) no me dice nada de quedarse. Cenamos, o cogemos, y se alista para irse. Lo mismo las veces que fui yo a su casa. Me pide el taxi, o me dice, “bueno, mañana madrugo”. Bajón. Hasta que el otro día me pudrí. Había estado todo el polvo y el ratito después masticándome que se iba a ir. Le tiré un par de señales y el boludo nada. Bajamos el ascensor y se lo digo. ¡Menos mal! Resulta que estaba esperando que se lo pida. Se cocinó un risotto espectacular, cenamos, y se quedó a dormir. De esa no se vuelve, te juro Rubén. No sabés como abrazó, me cuchareó toda la noche. Y a la mañana siguiente me despierta con besitos y me culea de nuevo. Cogidísima fui al banco.

Yo ya estaba pensando decirle la palabra con n, y de un día para otro, le escribo y él “bien”, “si”, “no”. Re cortante. Me dice que ese finde no nos podemos ver. Otro fantasma más. La bronca que me dio. Dejé pasar un par de días. Drama. A las puteadas llamándola a La Lelé, que son todos iguales, que siempre la misma historia. La pasé para el orto. Una noche me pegó un bajón tan grande que tuve que salir a correr para calmarme. En el camino me yiré un pibe que también corría. Me hizo una seña y nos encontramos en la esquina de Chile. Me tiró la goma rápido; le gustaba que lo agarraran fuerte y me pidió que le metiera unos bifes. En seguida agarré viaje, para sacarme la bronca. Lo cacheteé hasta dejarle la cara roja y le acabé en la boca. El pibe tragó y siguió caminando sin decirme nada. Fui hasta casa y antes de entrar me largué a llorar. Todo me parecía una mierda. Los yires, los pibes, los polvos. Entré y no banqué más. Le escribí “¿Estás bien?” así de una, y me contesta “maso”. Chau, se viene el corte, pensaba yo. Pero al menos que me lo dijera. Me quedé callado. Tu vieja una vez me dijo que, si uno guarda las cartas, el otro juega. Y ahí agrega; “estoy en mi pueblo. Ayer murió mi mamá de cáncer”.

Yo siempre supe que soy un hijo de puta bárbaro, pero te juro que nunca lo tuve tan claro como en ese momento. El salto de alegría que di, no te puedo explicar. Otra que los gorilas, “¡viva el cáncer!” pegué el grito con el teléfono en la mano. Menos mal que me lo dijo por mensaje, y no en un llamado. Santo remedio esa madre muerta. Así que le salí al consuelo y ahí me dijo que no me quería joder, que, escucháte esto, “estaba interesado en lo nuestro”, pero que tenía miedo de cagarla con tanta intensidad de arranque, que “era todo un bardo”. Ahí nomás le digo de llamarlo, quiero retruco. Hablamos tres horas seguidas. ¡Tres! Me contó de toda su familia, de que su mamá estaba enferma hace un año, que los veía para atrás a sus abuelos. Pobre gente, un bajón igual. Necesitaba un mimo. Y ahí quedó clarísimo: jugamos a ser novios, y se ve que nos salió bien.

Mañana vuelve del pueblo y se lo voy a decir. Me dijo que llega, deja las cosas y viene para acá. No doy más, Rubbie. Estoy muy enamorado, y quiero que Javier sea uno de mis novios.


¿Sale otro cuentito?


¿Querés leer/escuchar uno más corto todavía? Dos amigos, dos historias. Una noche, una muerte.

Leer El pasaje

Un experimento enigmático leído por Lourdes Pingeon (@louredss)



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